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La discreta presencia del radicalismo islámico en América Latina

Vista panorámica de la Triple Frontera que comparten Brasil, Argentina y Paraguay

El pasado martes, 13 de noviembre, las autoridades argentinas detuvieron en Buenos Aires a dos hombres presuntamente vinculados con el grupo terrorista libanés Hezbolá. En el domicilio de los hermanos de nacionalidad argentina, Kevin Gamal y Axel Ezequiel Abraham Salomon, de 23 y 25 años, respectivamente, los agentes encontraron ropa y armas de guerra, y una bandera de la agrupación terrorista de corte chií.

El suceso ocurre pocos meses después de que las autoridades de Argentina volvieron a dar con una nueva trama de financiación ilegal vinculada al grupo terrorista libanés Hezbolá. En el mes de agosto, la gendarmeria registró varios casinos y hoteles en Puerto de Iguazú vinculados al clan Barakat, un grupo de crimen organizado que opera en la Triple Frontera (Argentina, Paraguay y Brasil), considerado la más importantes fuente de financiación de Hezbolá en América Latina. La investigación se ha abierto tras la alerta decretada desde Estados Unidos donde se interceptaron varios movimientos de dinero entre Latinoamérica y Oriente Medio, supuestamente entre miembros vinculados al clan Barakat.

Constituido fundamentalmente por libaneses con vínculos familiares, el grupo es liderado por Assad Ahmad Barakat, designado por Estados Unidos como terrorista global especialmente designado (SDGT, acrónimos del inglés), cuyos fondos están congelados, pero que opera con total impunidad en la Triple Frontera. A pesar de haber una orden de detención a su nombre, Barakat que tendría su residencia en Paraguay, ha entrado en numerosas ocasiones en el territorio de Argentina, y ha viajado una vez por año a Líbano y a Irán, tal como afirman miembros que llevan a cabo la investigación. Altos funcionarios del ejecutivo de Mauricio Macri han negado en ocasiones la existencia en la Triple Frontera de individuos vinculados a Hezbolá, llegando a afirmar que tal presencia es un mito.

El radicalismo islámico en América Latina guarda una estrecha relación con las actividades de crimen organizado que se desarrollan en la región. Hezbolá es en este sentido uno de los grupos que cuenta con la mayor parte del mercado latinoamericano. La presencia de miembros de este grupo terrorista en la región datan desde los años 80 cuando los primeros operativos se instalaron en la Triple Frontera, en donde han encontrado una base estable y sólida para las actividades de crimen organizado que generan parte de su financiación. Lavado  de  dinero,  reclutamiento  y  planificación  de  actividades terroristas, son algunas de las actividades en América Latina vinculadas con este grupo libanés.

La elección de la Triple Frontera como emplazamiento inicial de estas células se debió principalmente a la concentración de una nutrida comunidad libanesa lo que les ha permitido el asentamiento discreto en la región. La corrupción, la permeabilidad de las fronteras, y la debilidad de los gobiernos regionales y de sus sistemas judiciales, son condiciones que han posibilitado y siguen permitiendo la presencia y las actividades de estos miembros.

El Informe sobre Terrorismo de 2016 del Departamento de Estado de Estados Unidos reitera que Hezbolá ha seguido disponiendo de una red de apoyo financiero, de facilitadores y de simpatizantes que le ha permitido crear y expandir una infraestructura estable en América del Sur para desarrollar sus actividades. Aunque una vez más, Estados Unidos culpabilizó a Venezuela de mantener un clima permisivo hacia las actividades desarrolladas por individuos vinculados con grupos terroristas internacionales, entre ellos Hezbolá. En 2013, el ex Secretario de Estado adjunto para Asuntos del Hemisferio Occidental, Roger Noriega, puso de manifiesto ante el Comité de Asuntos Exteriores de Estados Unidos, la estrecha colaboración entre el Cártel de los Soles, conformado por altos funcionarios militares venezolanos, y el Cártel Libanés, constituido por Walid Makled, con estrechos vínculos con Hezbolá, que conjuntamente habrían cooperado con la guerrilla de las FARC, el principal proveedor de cocaína a Venezuela. Noriega aseguró que la compañía aérea estatal venezolana, Conviasa, habría dispuesto de servicios regulares a Damasco y Teherán para proveer con narcóticos a los dos países, además de facilitar el transporte de personal y de armas.

Si bien América Latina no ha estado en el punto de mira de los grupos terroristas internacionales de etiología yihadista, existen sólidas sospechas y pruebas de que los atentados de Argentina de los años 90 vida habrían sido orquestados por miembros vinculados a Hezbolá. Ambos atentados fueron perpetrados contra instituciones israelíes en Buenos Aires, contra la Embajada de Israel (1992) y contra la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA) en 1994, respectivamente, y se saldaron con un total de 116 víctimas mortales. En el primer caso, la autoría ha sido asumida en un comunicado por la Jihad Islámica, brazo armado de Hezbolá, en venganza por el asesinato en Líbano del líder del grupo terrorista, Shiek Abbas al-Musawi, por parte de un comando israelí. Entre los responsables directos de este ataque se encontraron a Imad Fayez Moughnieh, ex comandante de Hezbolá y coordinador del atentado, fallecido en 2008 en una explosión de un coche bomba en Damasco, y a Hussein Mohamad Ibrahim Suleiman y José Salman El Reda, ambos investigados desde 2005 por la Justicia argentina. En el caso del atentado a la AMIA, después de veintidós años aún no se ha esclarecido lo que ha sido el mayor atentado suicida islámico de América Latina. El fiscal general, Alberto Nisman, que dirigió la investigación de la causa, fue encontrado muerto en enero de 2015 en su apartamento, en circunstancias aún sin esclarecer, un día antes de declarar ante el Congreso el resultado de su investigación. Él y su adjunto, Marcelo Martínez Burgos, vincularon directamente a Irán, cuya ejecución del atentado encargó presuntamente a miembros de Hezbolá. Así, a consecuencia de ello, se solicitó la búsqueda y captura nacional e internacional de ocho altos funcionarios iraníes, y de un miembro de Hezbolá. Parte de la investigación también apunta hacia un supuesto encubrimiento por parte del ejecutivo de Cristina Kirchner, responsabilizando a la expresidenta y a algunos miembros de su gobierno de un delito de complicidad.

Hojjat al-Eslam Mohsen Rabbani, supuesto vínculo del gobierno iraní en Argentina, y Samuel Salman, presunto jefe del grupo operativo de Hezbolá, son dos de los nombres que las autoridades argentinas aún investigan. De acuerdo a los servicios de inteligencia, la red de Rabbani seguiría activa, y a pesar de haber una orden de detención a nivel internacional, Mohsen Rabbani se ha desplazado a través de la región en numerosas ocasiones y sin mayores dificultades. Las autoridades de Brasil han asegurado que Rabbani habría aprovechado los viajes regulares entre Teherán y Caracas de la aerolínea Conviasa, para viajar con frecuencia sin ser detectado, bajo la identidad de Ali Tayvidiantareial, y con la acreditación de un pasaporte falso emitido por las autoridades venezolanas. Su nombre ha estado vinculado a numerosos intentos de atentados que se han registrado en sendos países de la región, tal como intento de atentado contra el Aeropueto J.F. Kennedy de la ciudad de Nueva York, en 2007, cuya autoría corrió a cargo de tres ciudadanos de Guyana, en colaboración con un imán de Trinidad y Tobago .

En cuanto a la presencia de células o miembros y simpatizantes de otras agrupaciones terroristas yihadistas en América Latina, en 2013 se tenía constancia de un total de siete grupos islámicos que desarrollaban parte de sus actividades en Brasil, y en la Triple Frontera: Hamas, Jihad Islámica, Al-Gama´a Al-Islamiyya, el Grupo Islámico Combatiente de Marruecos, Al Qaeda y el Batallón Mediático Jihad, además de Hezbolá.

El surgimiento del Daesh en 2014 también ha tenido repercusiones en América Latina, a pesar de la escasísima cobertura mediática. Se estima que más un centenar de  individuos han viajado desde Latinoamérica a Siria e Irak para afiliarse a las filas de la organización terrorista. Trinidad y Tobago lideró este fenómeno. Unos 130 ciudadanos de este pequeño país caribeño viajaron a Oriente Medio, siendo el país con más combatientes extranjeros per cápita del Hemisferio Sur.

Asimismo, Brasil también ha sido uno de los centros de atracción hacia el Daesh. En la víspera de los Juegos Olímpicos que se celebraron en el país en agosto de 2016, un grupo radical yihadista autoproclamado Ansar al-Khilafah Brazil declaró lealtad al líder del Daesh, Abu Bakr Al Baghdadi, convirtiéndose en la primera agrupación de América Latina que hacía pública su afinidad a un determinado grupo terrorista de etiología yihadista. En su comunicado de un mes antes de la celebración de los Juegos Olímpicos, el grupo hacia alusiones a la voluntad de llevar a cabo un atentado, presuntamente, contra la delegación francesa, aunque afortunadamente sólo quedó en un comunicado. Las autoridades han vinculado al grupo brasileño simpatizante del Daesh con Ismail Abdul Jabbar Al Brazili, apodado “el brasileño”, considerado un aficionado. Como ha pasado en los demás países de Occidente, el fenómeno de los combatientes extranjeros de América Latina afines al Daesh, y sus simpatizantes, han perdido relevancia a medida que el grupo terrorista ha sido retrocedido en los territorios de Irak y Siria, y sus mensajes dejaron que tener tanta repercusión que en años precedentes.

En la actualidad no hay una constancia sólida de la existencia de una amenaza en América Latina por parte de agrupaciones terroristas de etiología yihadista, a pesar de que se haya difundido la creencia de que existen algunos campos de entrenamiento de miembros y simpatizantes vinculados a algunos de ellos.

Este artículo completado a raíz de los nuevos acontecimientos.

Publicado en septiembre de 2018 en la revista Al-Ghuraba

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