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Las divisiones sectarias, la base de los conflictos en Oriente Medio

Mapa geopolítica de Oriente Medio.

La religión representa un aspecto fundamental e inseparable de la política de los estados de Oriente Medio. Asimismo, constituye un factor clave a tomar en consideración a la hora de analizar el modo en el que estos se relacionan el uno con el otro. La religión predominante en la región es el islam, aunque se pueden apreciar distintas ramas, las mayoritarias siendo el suní y el chií. Con una población que no alcanza los 28 millones de habitantes, Arabia Saudí tiene el mayor porcentaje de musulmanes de corte sunní, entre 85% y 90%. Por el contrario, Irán, cuya población ronda los 77 millones, es el representante de la comunidad chií por excelencia, con más del 90% profesante de esta rama islámica.

Aunque ambos son los mayores representantes de estas dos ramas, los demás países de la región tienen en distintos grados presencia sunní y chií dentro de sus fronteras. De acuerdo con los datos proporcionados por la Agencia Central de Inteligencia estadounidense (CIA), Siria, Jordania y Yemen son estados mayoritariamente sunníes, donde más del 65% de sus respectivas poblaciones pertenecen a dicha rama.

Por su parte, Irak dispone de una población chií de entre 60% y 65%. Y Bahréin otro tanto. Arabia Saudita, también cuenta con una importante minoría chií en el Este, y como respuesta a esta presencia ha tratado de aislarlos y reprimir sus posibles reivindicaciones. Los ánimos de manifestarse por las injusticias a las que, a su parecer, se les somete han hecho que a los chiíes saudíes se les asocie con los terroristas o se les califique bajo la etiqueta de agitadores. En la mayor parte de los casos, se le ha responsabilizado a Irán del desorden interno de Arabía Saudí provocado por las revueltas chiíes, en su papel de instigador de dichas movilizaciones.

Aunque las dos corrientes islámicas forman parte de una misma religión, la rivalidad entre los seguidores de una y otra es bien conocida, y esta se traslada a nivel de los estados. La enemistad tiene en su origen un criterio de legitimidad; mientras que para los sunníes Ali es considerado el cuarto y último califa, los musulmanes chiíes únicamente reconocen a éste como el único sucesor legítimo de Mahoma, por ser éste –primo y yerno del mismo- el que más cercanía tenía con el profeta. Esta rivalidad se ha mantenido a lo largo de los siglos, y en la actualidad Arabia Saudí e Irán son dos rivales que instrumentalizan el sectarismo en su disputa por el poder. Aunque esta pugna pueda tener apariencia de religiosa, no es más que una simple maquinación que los dos hacen para atraer hacia su esfera de influencia a otros actores de la región.

Y donde mejor reflejo ha tenido y tiene este enfrentamiento sectario ha sido en terceros países que mediante distintas circunstancias internas han visto debilitados sus respectivos sistemas políticos; es el caso de Irak, Líbano, Bahréin, Siria o Yemen, donde justamente el sectarismo ha sido el detonante del enfrentamiento entre sus respectivas poblaciones. Así el panorama, uno y otro, el Reino saudí y la República Islámica han buscado crear redes de alianzas con países que compartieran sus postulados ideológicos, y lo han hecho a través de la proporción de todo tipo de recursos a estos: dinero, armas, cobertura ideológica o apoyo diplomático. Pero además, han intentado propagar su influencia a través de diversas herramientas que han tenido a su alcance.

El salafismo, doctrina político-religiosa ligada al Estado saudí moderno, y vinculada al wahabismo –la expresión más conservadora dentro de la rama sunní- es una de las herramientas que el Reino de Arabia Saudí utiliza para extender sus tentáculos. Los pilares fundamentales a través de los que ha girado el poder blando de la monarquía saudí han sido: la utilización de los medios de comunicación, la instrumentalización de organizaciones islámicas y de escuelas, y la financiación de Estados o grupos afines. A pesar del auge de los medios digitales, la televisión sigue siendo uno de los medios más poderosos a la hora de remover las consciencias, cuyos contendidos se hacen eco de esa pugna sectaria y se convierten en plataformas propagandísticas que no hacen más que fomentar el odio, mediante una amplificación exagerada de los hechos, no sólo entre la población dentro de los países en cuyo seno difunden sus contenidos, sino también en la región. Es habitual que los medios en los países árabes de la región se dividan entre pro sunníes y pro chiíes, custodiados sobre todo por los gobiernos estatales o por los partidos político-religiosos. Los contenidos que difunden responden a criterios poco éticos donde algunos medios hacen una burda manipulación de la historia invocando relatos trascendentales del pasado y batallas religiosas, realzando cada uno la superioridad propia y demonizando a los otros. Así, Arabia Saudita ha incitado a edificar un discurso anti chií que ha venido a refutar la naturaleza de los chiíes mediante la renegación de estos como esencialmente musulmanes, por ser descendientes de persas, a pesar de que ambas corrientes consideran a Mahoma como el profeta del islam y leen el mismo libro sagrado, el Corán.

Una parte importante de la diplomacia saudí, también lo constituye la financiación a los grupos islamistas sunníes. Con el estallido de la así llamada Primavera Árabe, ha sido habitual que el reino saudí contribuyera con apoyo financiero a distintas agrupaciones para que estas pudieran contrarrestar la influencia chií o para preservar en el poder a los gobiernos afines a la ideología sunní. No obstante, uno de los casos más sonados y que ha levantado ampollas entre la Sociedad Internacional ha sido la supuesta financiación a grupos yihadistas de corte sunní, que se ha hecho pública a través de la publicación de Wikileaks. El surgimiento del Daesh también ha dado píe a que el reino apoye financieramente a este grupo, como amparo para derribar al régimen de Bashar al-Assad en Siria.

La capacidad de Irán de llevar a cabo una creciente influencia en la región ha despertado el temor de Arabia Saudí. Tras la caída del régimen de Sadam Husein a finales de 2003, Irán supo aprovechar el vacío dejado para acceder al tablero regional y asegurarse así el ascenso mediante redes de dominio dentro de la comunidad chií. Aislado de Occidente desde la proclamación de la República Islámica, en 1979, Irán ha buscado fomentar relaciones con aquellos regímenes que compartían los mismos valores e ideales. En el mundo árabe, Irán no tiene muchos amigos; como representante del mundo chií, el hecho de que esta comunidad religiosa constituya una relativa minoría en el mundo musulmán, es lo que ha imposibilitado que este creara alianzas sólidas en la región. Los temores de los gobiernos árabes sobre la intención de Irán de exportar su Revolución Islámica es lo he ha llevado a una paranoia generalizada que se ha traducido en todo tipo de ataques (no militares) hacía el estado persa, y en una persecución/represión interna de esos estados de sus respectivas comunidades chiíes.

Siria, a pesar de tener una población mayoritariamente sunní, fue el primer país que, una vez el Ayatolá Jomeini tomó las riendas de Irán, reconoció al nuevo gobierno. Desde entonces Siria e Irán mantienen una alianza política inquebrantable alimentada por la aversión que ambos guardan hacía Occidente, e, igualmente, cementada por la enemistad que tienen hacia Israel. No obstante, tal estrecha relación se debe también al hecho de que la familia Assad pertenece a los alauitas, una rama del islam chií.

Al igual que Arabia Saudí, la República iraní también se distingue por la supuesta financiación que esta proporciona a grupos chiitas calificados como terroristas a nivel internacional, como la agrupación libanesa Hezbolá o la palestina Hamás. A esto se suma además el apoyo operativo/militar a grupos disidentes de terceros países y, en este sentido, los Cuerpos de la Guardia Revolucionaria Islámica son una herramienta importante que el Gobierno iraní utiliza para defender sus intereses. El grupo de élite de la Fuerza Al Quds destaca dentro de la Guardia por ser la rama que lleva a cabo las operaciones en el exterior, proporcionando apoyo a distintos grupos de naturaleza revolucionaria o terrorista. De entre sus actuaciones, destaca su apoyo a los opositores a la dinastía sunní en Bahréin, a los rebeldes Houthis en Yemen, o al gobierno de Bashar al Assad en Siria.

Llama la atención que, pesar de que de Arabia Saudí haya actuado de la misma manera, e incluso, haya sido el país de origen de 15 de los 19 terroristas que perpetraron los atentados del 11-S en Nueva York, éste ha seguido siendo un valioso aliado de Estados Unidos en la región.

 Otras divisiones sectarias

Aunque la división sunní-chií es una de las más resonantes, la brecha entre los propios sunníes es patente. Así, dentro de esta categoría encontramos las grietas entre Arabia Saudí y la agrupación de los Hermanos Musulmanes, pero también las que separan a los salafistas-yihadistas como Al-Qaeda o el Daesh de los demás países de corte sunní.

A pesar de que Bin Laden, el codiciado ex líder de la agrupación terrorista Al Qaeda, era de origen saudí, y la propia formación es de corte sunní, son bien sabidas las divergencias que con el reino saudi mantiene. Su enfrentamiento abierto con la Monarquía por haberse mostrado condescendiente con la entrada de tropas estadounidenses en 1991, tras la invasión de Kuwait, hizo que Arabia Saudí se inscribiera en la lista de objetivos del grupo.

En la actualidad, el escenario más conflictivo de Oriente Medio lo constituye Siria. A pesar de las simplificaciones que implican los conceptos guerra civil y lucha en contra del terrorismo, Siria es el marco dentro del cual se lleva a cabo un conflicto mucho más complejo, con múltiples flancos abiertos. Además, este país también es escenario de la disputa entre Irán y Arabia Saudí revestida de tintes sectarios, y que se traduce en el apoyo que ambos estados conceden a sus respectivos grupos afines.

La transición política de Yemen se vio frustrada por la guerra civil con tintes sectarios que en la actualidad acecha el país, y que tanto Irán como Arabia Saudí la han convertido en un escenario más de su pugna por la hegemonía en Oriente Medio. A pesar de que el conflicto de Yemen aparenta ser nuevo, tal como se asegura desde el Instituto Español de Estudios Estratégicos, no es más que la reactivación de un enfrentamiento que ha pasado por distintas fases de activación y desactivación. Para Yemen, Arabia Saudí ha sido su más valioso aliado al haber contado, prácticamente desde la unificación, con el apoyo económico y diplomático de éste. Pero también con ayuda militar, cuando hizo falta, inducida por el miedo constante de la monarquía saudí hacia la presencia de los chiíes Houthis cerca de sus fronteras, fortalecidos por el Gobierno de Irán. La ayuda proporcionada desde Teherán se intensificó a raíz de la Primavera Árabe y se tradujo en una importante aportación financiera y militar. En la actualidad, Yemen está sumergido en un conflicto en el que no se avista un desenlace muy próximo. Desde principios de 2015 Arabia Saudí, que lidera la coalición internacional conformada por diez estados árabes, hace alarde de su poder a base de bombardeos incesantes.

Artículo modificado.

Publicado en octubre de 2015 en Atalayar.

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