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De vuelta hacia un mundo amurallado

La caída del muro de Berlín en 1989 posibilitó el colapso del bloque comunista y el triunfo de la democracia liberal. Pero hoy día el mundo vuelve a erigir muros.

Han pasado 31 años desde que Ronald Reagan pronunció la mítica frase: “¡Señor Gorbachov, eche abajo ese muro!”, en alusión al muro de Berlín que separaba la Alemania Oriental de la Occidental. Dos años después, ese deseo se hizo realidad con la caída del también llamado muro de la vergüenza que produjo el colapso del bloque comunista.

A lo largo de 155 km de longitud, y con una altura de 3,6 metros, el muro divisivo tenía como objeto impedir la fuga masiva de los ciudadanos alemanes de la República Democrática de Alemania, bajo el dominio soviético, que se encontraba en una deplorable situación económica y que, por tanto, requería de mano de obra. Pero el ímpetu de una población con cada vez más ansias de democracia posibilitó la eliminación de esa barrera mortal, y una vez liberada, fue acogida con los brazos abiertos por Occidente. Había triunfado el capitalismo. Y con ello la libertad.

Desde entonces, hemos experimentado un desarrollo perpetuo. Europa, en particular, hizo posible la reunificación de las naciones que la conforman en un proyecto liberal que culminó con la Unión Europea que, entre muchos de sus logros, ha favorecido la libre circulación de bienes, servicios, capitales y personas. Sin embargo, hoy día los países se vuelven a cerrar -como consecuencia de esta libertad-, esta vez para impedir la entrada de los inmigrantes.

Globales sí, pero sin inmigrantes

La máxima expresión de esta medida lo representa Reino Unido, cuyos ciudadanos optaron en junio de 2016, a través de un referéndum, a la salida del país de la Unión Europea. La mayor parte de los ciudadanos votaron a favor del Brexit coincidiendo con la retórica anti-inmigración difundida en la campaña previa al referéndum. Este país ha despertado reminiscencias del pasado con medidas cuestionables como el anuncio hecho por el ministro del Interior, Amber Rudd, de obligar a sus compañías a hacer listados de sus trabajadores extranjeros para determinar, si “la gente que viene [a Reino Unidos] cubre huecos en el mercado laboral, en lugar de quitar trabajos que pueden hacer los británicos”. A esa peligrosa iniciativa se sumó la construcción de un muro de cuatro metros de altura en la ciudad fronteriza de Calais (Francia) para impedir la entrada de refugiados a Gran Bretaña a través del canal de la Mancha.

Esa medida encontraba su antecedente más reciente en Hungría, otro país de la Unión Europea que desde hace tiempo se las ingenia para frenar la llegada de inmigrantes a su territorio. Ante la llegada masiva de refugiados de Oriente Medio, que pretendían alcanzar países desarrollados como Austria y Alemania, el primer ministro Viktor Orban adoptó en 2015 una ley que penaliza con tres años de cárcel a los inmigrantes que entren de manera ilegal en el país. Aunque su medida más disuasoria ha sido la valla de 175 kilómetros en la frontera con Serbia, cuya construcción finalizó en agosto de 2015, y que elevó en suelo europeo la primera valla anti-inmigración. Encerrado en su discurso de corte xenófobo-nacionalista, Orban, ha manifestado reiteradamente que está en su derecho de no acoger a “una gran comunidad de musulmanes”, y amenazó con convertir esa valla en un muro de cuatro metros de altura, y con elevar otra más en la frontera con Rumania.

Presionado desde la Unión Europea para dar cobijo a cerca de 2.300 refugiado, principalmente sirios, a finales de 2016, Orban convocó a los ciudadanos a dar su consentimiento al sistema de reparto de refugiados a través de un referéndum. No obstante, la mayor parte de los ciudadanos húngaros decidieron dar la espalda a esta convocatoria a la que apenas se logró un 43% de asistencia. El aplastante triunfo del “no” del referéndum –un 98%- contentó al primer ministro que calificó de magnífico el resultado, y desafiando a la Unión Europea anunció que iba a tomar medidas que plasmen la voluntad de esta minoría, a pesar de que la consulta había quedado inválida por no haberse alcanzado el umbral del 50% de participación exigida por la ley electoral. Esta rebeldía por parte de Hungría puede sembrar precedentes en el seno de la Unión Europea que cada vez más está viendo minada su autoridad.

Fuera de Europa, los Estados Unidos de Donald Trump llevan el camino de convertirse en una barrera inquebrantable en la frontera sur, con México. Trump encontró su nicho para explotar el ánimo de los votantes norteamericanos en la inmigración. Con un discurso xenófobo, hizo de la inmigración el tema central de su campaña, y uno de sus puntos estrellas son los ataques recurrentes hacia los inmigrantes de origen latino, especialmente de México, que, de acuerdo con sus aclaraciones, proveen a Estados Unidos con “pandillas, traficantes de drogas y cárteles” que se aprovechan de las fronteras abiertas para entrar y cometer en el interior del país un “vasto número de crímenes” cuyos costes posteriores relacionados con el juicio y encarcelación, entre otros, corren a cargo de los impuestos de los ciudadanos norteamericanos. La solución a ello es la famosa propuesta de construir un muro en la frontera sur costeado por México, que se sume a la ya existente valla de más de 1.000 kilómetros construida a lo largo de la frontera de 2.000 kilómetros que comparte con su vecino.

Los dirigentes políticos parecen haber encontrado en los muros la solución a la impotencia e incapacidad de adoptar medidas eficaces para dar respuesta a los distintos desafíos presentes. Los muros se edifican hoy día para defender la ineptitud de una clase política sobrepasada por los problemas propios de la globalización. Hace poco más de 70 años se puso fin a lo que dejó una huella vergonzosa en las páginas de la Historia de Occidente. Y hace veintinueve, el último régimen totalitario dejó de convivir entre la población occidental. No obstante, hoy, una vez más, los sucesos hacen pensar en que si bien la democracia liberal ha conseguido reducir eficazmente los conflictos interestatales, hay otros desafíos que surgen y que pueden hacer que esta paz en la que nos hemos acomodado se difumine.

 Los muros están de moda

A lo largo de los siglos los muros han constituido una herramienta eficaz para contener la entrada del otro. Si bien en la antigüedad su función era puramente defensiva, hoy día constituyen la solución preferida por los estados para hacer frente a la rivalidad con los vecinos, a la inmigración, y al terrorismo. Sin ignorar el caso de Chipre y de Irlanda del Norte, cuyos muros, contemporáneos al de Berlín, todavía siguen en píe, cerca de una quincena de muros han sido ya elevados en la frontera de distintos estados, y otros más están en fase de planificación. La mayor parte de ellos se encuentran en el continente asiático.

Uno de los muros más largos del mundo es el que divide la frontera de India con Pakistán, considerada una de las más inestables del mundo. Con el argumento de combatir el terrorismo, desde los años 80, India ha comenzado a edificar una valla fuertemente controlada, que en la actualidad se prolonga a través de más de 3.300 kilómetros, lo que hace posible que esta sea visible incluso desde el espacio. También India, ha puesto en marcha desde los años 90 un proyecto similar en la frontera con Bangladesh, para evitar la gran afluencia migratoria de su vecino, y en la frontera con Myanmar.

Por su parte, Arabia Saudí, sensible ante la inestabilidad interna, ha comenzado ya a elevar una barrera en la frontera con Yemen, país este último fuertemente inestable por la guerra y por la presencia de Al Qaeda. Por otra parte, la amenaza del Daesh ha obligado a la monarquía saudí a reforzar también la frontera norte con Irak, en donde prevé la elevación de una valla de seguridad para impedir el acceso de los terroristas a su territorio.

La invasión de Irak a Kuwait en los años 90 propició la construcción de una valla fronteriza con el visto bueno de Naciones Unidas, a fin de evitar futuras acciones similares. Años después, la desconfianza entre los dos vecinos ha hecho que en 2004 Kuwait anunciara la construcción de un muro adicional para fortalecer la frontera norte con su vecino.

En 2013, Israel finalizó la construcción de la valla de separación con Cisjordania que, en algunos casos supera ocho metros de altura, y que se prolonga a lo largo de 700 kilómetros de distancia. La seguridad es uno de los argumentos más recurrentes del Gobierno de Israel, y a pesar de que en 2004 la Corte Penal Internacional declaró ilegal el muro, este sigue en pie.

Uzbekistán, por su parte, ha levantado barreras en gran parte de sus fronteras, prueba de ello siendo las cercas electrificadas kilométricas que le separa de Kirguistán, Afganistán y Tayikistán.

La tensión entre Corea del Norte y Corea del Sur sigue vigente, aunque una barrera de contención separa a los dos estados desde 1953, en la Zona Desmilitarizada que, paradójicamente, es considerada la frontera más militarizada del mundo. Las sanciones que penden sobre el Gobierno de Pyongyang hacen que China, por su lado, refuerce su frontera sur con Corea del Norte, ante una futura posible avalancha de norcoreanos a su territorio.

En el continente africano, Marruecos ha elevado el segundo muro más largo del mundo en el Sahara Occidental. Con más de 2.700 metros de longitud, la fortificación de piedras, arena, alambres, minas y guardias, ha sido pensada para hacer frente al Frente Polisario que reclama la independencia de Marruecos y la autodeterminación del pueblo saharaui.

Finalmente, las vallas que el gobierno español ha elevado en Ceuta y Melilla, también son dignas de mención. Ubicadas en el territorio africano, tienen como finalidad impedir la entrada de inmigrantes, al representar la entrada más directa de África a Europa.

Estos ejemplos y otros más, hacen pensar que los muros son un recurso antiguo que también sirve para dar respuesta a problemas modernos. La tendencia en este mundo cada vez más globalizado es, absurdamente, un rumbo hacía un mundo nuevamente amurallado.

Artículo actualizado

Publicado en octubre de 2016 en Atalayar

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